Los Olvidados, de Buñuel, más vigente que nunca

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Xalapa
Ahora que se dio a conocer que la Dirección Federal de Seguridad siguió durante años los pasos del cineasta español Luis Buñuel, luego del entripado que el gobierno de Miguel Alemán Valdés hizo con motivo del estreno y éxito de la cinta Los Olvidados en 1950, es necesario revalorarla y acercarla a las nuevas generaciones pues la problemática que presenta, a casi 70 años de distancia, sigue más vigente que nunca.
Esta película gira en torno a la vida de Pedro (Alfonso Mejía), un niño de una colonia marginada de la Ciudad de México, que por más esfuerzos que hace para estudiar, trabajar, ayudar a su familia y salir del círculo de miseria y violencia que le rodea, no le es posible y sucumbe, ante la indiferencia de su madre (Stella Inda), su hermana (Alma Delia Fuentes) y del mundo.
El causante en parte de esta tragedia es “El Jaibo” (Roberto Cobo), un joven ladrón y asesino, que escapó de una correccional y busca de todas formas hacer parte de sus fechorías a Pedro, llevándolo al despeñadero, como el asidero que arrastra todos los días a muchos mexicanos a la pérdida de la conciencia.
A estos personajes se suman otros secundarios que denotan la fuerte descomposición social que el propio Buñuel encontró en los recorridos que por las colonias de la periferia de la capital mexicana realizó meses antes de iniciar la filmación y que dieron sustento al guión.
Pinceladas de promiscuidad, pederastia, avaricia, violación, alcoholismo, drogadicción, desempleo y muerte, entre otras cosas, es lo que vemos desfilar en “Los Olvidados”, con la Ciudad de México en pleno desarrollo como telón de fondo.
Filmada casi a escondidas, y con dos finales para sortear la censura, esta película dejó un muy mal sabor de boca en su preestreno, en donde personajes como Mario Moreno “Cantinflas”, Emilio “Indio” Fernández y Jorge Negrete, cabecillas de la ANDA, desaprobaron las fuertes imágenes de un México que estaba muy lejos de lo que ellos estaban acostumbrados a filmar.
El resultado fue el insulto y la descalificación y hasta una petición de expulsión del país para el cineasta, al que lo menos que le dijeron fue que no iban a permitir que “un pinche gachupín viniera a hablar mal de México”.
La película estuvo unos cuantos días en cartelera, fue sacada de la circulación y se le condenó sumariamente a la oscuridad y a quedar enlatada como otras de su tipo, de no ser porque, también a escondidas, Buñuel la llevó al Festival de Cannes, en donde se llevaría el premio al mejor director y recibiría el respaldo unánime de la crítica internacional.
El éxito que tuvo en Europa retumbó en el país y obligó a que se le volviera a programar en corrida comercial y en mejores salas cinematográficas, en donde estuvo en cartelera más de dos meses.
A pesar del éxito, el hecho de que el servicio secreto siguiera los pasos del cineasta, cuando vivió en el país, e incluso cuando lo visitaba de vez en cuando desde los años 60 y hasta su muerte, muestra el grado de desaprobación que tuvo esta cinta en el ánimo del gobierno y de los principales hacedores del cine mexicano.
Y es que a partir de los años 40 en México se vivió un nacionalismo a ultranza, que fue contagiado a la industria fílmica nacional, como medio de promoción para vender la idea de un México en pujanza, en creciente desarrollo, que acortaba cada vez más la brecha entre pobres y ricos.
De ahí que varios cineastas, productores y actores, visualizaran un México cargado de preciosismo, en donde los guiones giraban en torno al combate a la miseria, a la corrupción y a las prácticas del pasado, y eran el Paseo de la Reforma de la capital, o el puerto de Acapulco, los símbolos de modernidad del México que ellos querían pintar y hacer ver al mundo, con los cielos del fotógrafo Gabriel Figueroa, quien curiosamente también fotografió la miseria en la cinta de Buñuel.
Es por ello que cuando aparece Los Olvidados, todo ese montaje se derrumba estrepitosamente, para hacer ver que más allá de esos paisajes de película, con las figuras de María Félix, Columba Domínguez o Dolores del Río, existía, a unas cuantas cuadras del Paseo de la Reforma, la miseria y la violencia en su más pura expresión.