Opinión – Las marchas del silencio

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Alfonso Zárate

La decisión de algunos grupos cívicos de convocar a una marcha en la Ciudad de México, que se replicó en varias ciudades del país: León, Guadalajara, Monterrey, Querétaro, etc., parece, a un tiempo, precipitada y un error táctico.
Precipitada, porque pudo haber esperado la maduración de lo que —de no corregirse el rumbo— se perfila. Si a pesar de las denuncias que hace López Obrador en sus sesiones mañaneras permanece la impunidad (“perdón y olvido”)… Si su gobierno sigue cerrando estructuras, despidiendo personal y restándoles ingresos y prestaciones a los servidores públicos (transitar “de la austeridad republicana a la pobreza franciscana”)… Si crece y se extiende la violencia delincuencial (“abrazos, no balazos”)…
Si se mantienen proyectos carentes de sustentos técnicos, ambientales o financieros, como la nueva refinería en Dos Bocas o el Tren Maya… Si se desestiman los estudios y las advertencias de las calificadoras y otras instituciones financieras (“yo tengo otros datos”), y continúan tomando recursos de donde los haya para sostener sus políticas sociales, se generarán severos desarreglos en las finanzas públicas. Entonces pasaremos del estancamiento a la recesión con sus duros impactos sobre millones de mexicanos. En ese momento, la protesta tendría mejores argumentos y un ancho sustento social.
Pero aun siendo muy flacas, las marchas expresan el miedo que están generando en sectores de las clases media y alta algunas decisiones presidenciales como la cancelación del nuevo aeropuerto, así como sus discursos beligerantes hacia quienes disienten o critican sus políticas. En el imaginario de los marchistas, la acumulación de poder en un solo hombre, así como los pasos que ha dado en estos meses para acrecentarlo y las medidas que ha tomado para reducir o neutralizar a las oposiciones, perfilan el endurecimiento del régimen.
Sin duda que las experiencias de la Venezuela de Chávez y Maduro, de Evo Morales en Bolivia o de los hermanos Castro en Cuba, subyacen en el nerviosismo de muchos mexicanos. La experiencia latinoamericana muestra que una vez en el poder, la izquierda se resiste a dejarlo porque su “misión histórica” —construir un régimen de justicia— no puede cumplirse en un término constitucional; por eso se justifica, y es un deber patriótico retener el poder por cualquier medio. Para acentuar las sospechas, directivos de Morena no han ocultado su admiración por esos regímenes (la visita a México del diputado argentino, gurú económico del kirchnerismo, Axel Kicillof, intensifica la desazón).
Estos temores se alimentan de los análisis de periodistas, académicos y activistas que a través de distintos medios advierten lo que creen que está en construcción: una tiranía. Esta lectura alarmista, sin matices, se confronta con otra igualmente simplona que defiende las políticas y las ocurrencias presidenciales, todas. En ninguno de los bandos hay espacio para una reflexión seria y objetiva: el país se divide en “chairos” y “fifís” y el presidente hace muy poco para conciliar.
La consigna de 2006: “AMLO un peligro para México”, parece revivir en las marchas. Algunas de las mantas pedían la renuncia inmediata del presidente, petición ingenua y absurda: ¿cómo pueden imaginarse que renunciará quien tiene un formidable respaldo social y una tarea histórica por delante? Y, de concretarse (lo que, obviamente no será), ignoran sus perniciosos impactos; si consultan la Constitución verán el embrollo que implicaría la ausencia definitiva del titular del Poder Ejecutivo, sobre todo dada la correlación de fuerzas en el Congreso.
¿Qué sobresale de las marchas? Su carácter cívico, su distancia con los partidos de oposición que están en trance de sobrevivencia, la ausencia de los personajes que han advertido los riesgos de un gobierno sin contrapesos y de los grandes empresarios, también temerosos, pero que difícilmente darían la cara en una marcha pública —lo que no quiere decir que no estén actuando, solo que lo hacen frenando sus inversiones, recortando personal y sacando su dinero del país—.
Las marchas, pienso, fueron un error táctico porque sirvieron para exhibir la debilidad de la oposición, aunque hay anchas franjas sociales con una postura crítica que decidieron no manifestarse. Las oposiciones tienen una gran tarea por delante, acompañar la disonancia con propuestas y opciones sustentadas. Si los organizadores saben leerla, las marchas les darán ricas experiencias y, quizás, permitan la aparición de nuevos liderazgos, en un país en el que los líderes auténticos brillan por su ausencia y en el que urgen contrapesos democráticos al poder presidencial.

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