Libro Abierto – Nahui Olin, la artistócrata

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Confieso que cuando Juan Bonilla me hizo saber que su nueva novela, después de la muy lograda dedicada a Maiacovski (Prohibido entrar sin pantalones, 2013), estaría consagrada a la artista y musa mexicana Carmen Mondragón (1894-1978), alias Nahui Olin, fruncí el ceño, temiéndome otro libro turístico, novelado o no, al estilo del lamentable Frida y Diego (1994), del Nobel Le Clézio, y de otros muchos, nacionales y extranjeros, dedicados a exaltar la pintoresca vida cultural mexicana de los años veinte y treinta del siglo pasado.
Por fortuna, merced al oficio del xerezano Bonilla (1966), Totalidad sexual del cosmos (Seix Barral, 2019) es una novela ajena a los tópicos tan temidos, donde se verifica una inmersión a profundidad en el alma de ese extraño ser humano que fue la hija del sanguinario general porfirista Manuel Mondragón, cómplice del asesinato de Gustavo Madero, en la Ciudadela, durante la Decena Trágica de 1913.
Bonilla habla, inevitablemente, de los célebres ojos verdes de Carmen, de sus caprichos de desbalagada “yegua fina” del Porfiriato, dada a hacer vida nocturna entre soldados y prostitutas, ofreciéndose sin entregarse, por el gusto de ser –unas de nuestras primeras mujeres emancipadas– dueña tanto de su cuerpo como de su espíritu, aventura que se detuvo tras enamorarse, primero, del pintor Manuel Rodríguez Lozano, con quien procrearía un bebé muerto a los pocos días de nacer y que el novelista imagina siendo arrojado por su madre por las escaleras, acaso decepcionada por el descubrimiento de la homosexualidad del pintor.
Lo dejó por Gerardo Murillo, quien se cambiaría el nombre por el de Dr. Atl y rebautizaría a la Mondragón como Nahui Olin, pareja que viviría su tórrida pasión en el Convento de la Merced, dedicados a un ejercicio compulsivo del arte, del cual brotaron las pinturas y los poemas de la heroína. Su libro Óptica cerebral: poemas dinámicos (1922) fue reseñado, en México moderno, por un imberbe José Gorostiza.
Y por aquello de que el amor es eterno hasta que se acaba, la pasión entre Nahui Olin y el Dr. Atl, fue extinguiéndose, registra Bonilla. El novelista retrata las siguientes paradas y pasiones en el viaje de su personaje –organizar una exposición con sus fotografías al desnudo en México para después negarse a posar sin ropa en Hollywood– sin olvidar que desde “la melodía de la lujuria” hasta “la fama que no consiguió ni con sus poemas ni con sus cuadros”, Nahui Olin, más allá del ícono en que devino, fue una mujer de ideas.
Tan extravagantes y locas fueron las suyas, como las del Dr. Atl, pero ambas indican –como lo muestra el propio título del libro– su originalidad en un camino de herejía fuera del predominante y adusto (por nacional-popular) pensamiento mexicano del siglo XX.
Nahui Olin creía, como Wilhelm Reich, que la energía sexual mueve al cosmos y ello es notorio no sólo en la búsqueda erótica característica de su juventud y en sus críticas a la pasividad de su amiga Tina Modotti como modelo del fotógrafo Edward Weston, sino en sus poemas (en español y en francés), algunos de los cuales aparecen transcritos en Totalidad sexual del cosmos.
Son versos que merecen un lugar modesto pero escogido (diría Octavio Paz) en la antología de nuestra poesía de vanguardia, como la han pedido, por ejemplo, Adriana Malvido y otros estudiosos de quien alguna vez fuera Carmen Mondragón (“Mon Dragon”, le decía el Dr. Atl).
Totalidad sexual del cosmos, fatalmente, es una novela que se va agotando junto al flujo de las ideas de Nahui Olin. En ésas estaba –leyendo a Bonilla– cuando cayó en mis manos el complemento perfecto: Olinka. La ciudad ideal del Dr. Atl (El Colegio Nacional, 2019), de Cuauhtémoc Medina, una antigua tesis de licenciatura que su autor puso al día, reconstruyendo el proyecto nunca realizado del vulcanólogo de construir, fuese en Tepoztlán o en las mismísimas ruinas de Teotihuacán, una ciudad exclusiva para que los filósofos platónicos (y abierta a algunos entre los espíritus más selectos de las artes y las ciencias) ejercieran a plenitud, según el Dr. Atl, su condición de artistocracia (que no aristocracia), misión de toda su vida con la cual incordió a las autoridades a la caza de apoyo práctico, económico y logístico para erigir su urbe.
No veía la suya –acota Medina– como una utopía sino como un proyecto, hoy diríamos, autosustentable, como había –agrego yo– pragmatismo, aunque delirante, en la raza cósmica de José Vasconcelos. Pese a las diferencias ideológicas, los amigos más notables del Dr. Atl –los muralistas entre ellos–, lo respaldaron sin éxito.
Las creencias nietzscheanas del Dr. Atl (1875-1964), se hunden lo mismo en Max Stirner que en sectas olvidadas de la vanguardia francesa y lo llevaron desde el futurismo hasta el nazifascismo, explícito y escandaloso. No es ésta la página adecuada para discernir, en la filosofía del antisemita Dr. Atl, qué había de esoterismo, teosofía o gnosticismo ateo, pero sí para volver a Totalidad sexual del cosmos, de Bonilla, porque en las ideas del famoso paisajista está, vistoso, el origen de la cosmología sexual de Nahui Olin, herencia que en mucho debió incomodar a su ex amante, siempre dudoso en darle al universo, como aclara Medina, un origen falocéntrico o una partición bisexual. Entre ambos, tienen mucho que decirle a quien escriba la historia secreta de la ideología mexicana.
Bonilla culmina su novela de una manera que, para quienes lo hemos leído, no podía sino ser consecuente. En Totalidad sexual del cosmos deja morir en paz a la olvidada Nahui Olin, a quien vemos envejecida vendiendo en La Alameda las últimas fotografías de su desnuda juventud para concentrarse en el investigador que la salvó del olvido, Tomás Zurián (quien, por cierto asegura que la enjoyada Nahui Olin estuvo lejos de morir en la miseria, a menudo confundida con otras excéntricas capitalinas, éstas si menesterosas).
Quien haya leído a Juan Bonilla (Biblioteca en llamas, 2016 y La novela del buscador de libros, 2018) entenderá que su autorretrato como modesto héroe es el del investigador-coleccionista de toda clase de impresos, deporte cuya gracia es incomprensible de explicarle a quien no comparta la afición “y en cuanto a quien la comparta, cuantas menos pistas se le den, mejor”.
Con ese afán, Bonilla (nadie como este amigo peninsular sabe tanto de poesía latinoamericana de vanguardia) encuentra a Nahui Olin, la artistócrata (que no aristócrata) y la deja para contar cómo la búsqueda de ella se adueñó de Tomás Zurián, estableciendo una linajuda dinastía de enamorados, que encabezada por el Dr. Atl, cuenta con un nuevo caballero en el autor de Totalidad sexual del cosmos. (Por Christopher Domínguez Michael)

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